¿Sabes? Cuando alguien se acerca y me pregunta que a qué creo que sabe la tristeza yo siempre contesto que sabe a sal. ¿A qué sino? Todo el mundo ha saboreado una gota alguna que otra vez. Las lágrimas son saladas. Un poco de sal está bien, mucha pica y demasiada escuece tanto que te hace enfermar. De vez en cuando, el tarrito se llena y avisa anudándose en la tráquea; por eso es importante que no creas que tus tarros son infinitos, no te mientas repitiéndote cuánto eres capaz de aguantar. Aquí no gana el que guarda más sal. Se trata de echarlo fuera. De vomitar tristeza antes de autodestruirnos.

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